Imagina estar a cientos de kilómetros de tu hogar, rodeado de forasteros en una feria polvorienta, intentando vender el fruto de tu duro trabajo de todo el invierno. Nuestros arrieros, astutos y unidos como pocos, necesitaban una forma de hablar entre ellos sin que los compradores descubrieran sus estrategias. Así nació algo verdaderamente mágico: la Gacería, nuestro propio lenguaje secreto.
Un Código de Supervivencia
No era un idioma para escribir poemas, sino un código de supervivencia que mezclaba palabras del árabe, del vasco y de otros rincones por los que pasaban nuestros carros. Para un briquero (como nos llamamos cariñosamente los cantalejanos), un hombre no era un hombre, era un man, y una mujer era una siona.
Si el trato era bueno y el cliente pagaba, todo era sierte; pero si la cosa pintaba mal, la situación se volvía gaza. Y cómo no mencionar el biruji, esa palabra tan nuestra para describir el frío cortante que nos acompañaba en las madrugadas, y que hoy en día se usa en media España.
El Orgullo de un Pueblo
Los niños crecían escuchando este misterioso canturreo, y jugaban en las calles a lanzar su pedoncho (peonza) con todas sus fuerzas, a machotón. El amor por nuestra lengua es tan grande que el mismísimo pregón de nuestras fiestas se sigue recitando en este código, y educadores locales, como el maestro Francisco Hernando con su entrañable obra de teatro costumbrista "Darle al briquero", nos enseñaron a amarla desde pequeños.
Hoy, la Gacería se ha modernizado e incluso tiene su propia aplicación para móviles gracias a vecinos como Carlos Lobo Zamarro. Por eso, no hay frase que nos llene de más orgullo que decir:
«En el vilorio de los briqueros, los manes y las sionas garlean la Gacería»
(En nuestro Pueblo Bueno, los hombres y las mujeres hablan la Gacería).