Hoces del Duratón

El viajero no advertido que caminara desde lejos por la paramera se sorprendería de pronto al observar a sus pies un tajo cortado en vertical, en cuyo seno se deslizan las aguas de un río.
En medio de la estepa yerma, en un zócalo de roquedales calizos, las aguas han labrado sinuosos meandros en cuyo lecho crece una riquísima vegetación de ribera que contrasta con la sequedad del entorno, donde tan solo arraiga la sufrida sabina. Estas son en esencia, las hoces del río Duratón. Un espacio dominado por el contraste un lugar sorprendente en medio de la vasta planicie pedregosa y desértica.
Una de las constantes de este paisaje es la presencia del buitre leonado, lo que por si solo resulta revelador: el buitre es una rapaz de hábitos gregarios pero esquiva ante la presencia del hombre, gusta de la soledad y el silencio. Solo le faltaría la oración para equipararse con los monjes.
Durante siglos, la presencia del buitre ha encontrado un paralelo humano en eremitas y anacoretas. No solo en el Duratón. Este paralelismo se puede rastrear a lo largo de toda la geografía del occidente cristiano. Allí donde se halla asentada una colonia de buitres es frecuente que nos encontremos vestigios de oratorios rupestres o de templos primitivos. Las hoces del Duraron  están plagadas de estos vestigios. Han actuado como reclamo de la espiritualidad permanente a lo largo de los  siglos.

 

Algunos de estos eremitas forman parte indisoluble del paisaje, ya que su paso por las hoces ha dejado un halo de prodigios cuyas resonancias legendarias perviven renovadas en la memoria de las gentes.
San Frutos pajarero es el anacoreta que canaliza la mayoría de las devociones populares a través del priorato románico levantado en un espigón del río. Sus milagros en defensa de los animales, especialmente de los pájaros han calado profundamente entre los numerosos viajeros que ahora, aprovechando los largos días de asueto que proporciona nuestra sociedad, peregrinan hasta las hoces. Sospecho que, al menos a una parte de estos devotos les guía un afán por encontrarse a si mismos en el recogimiento de la naturaleza. Son nuevos anacoretas, virgilios y fray luises de nuestro tiempo que, huyendo del vértigo huero de la sociedad, buscando refugio y comunicación interior. Para que esta comunicación con el paisaje sea más intensa se requiere un asidero.
Este libro, tan exquisitamente presentado, puede ser una herramienta adecuada porque nos permitirá adentrarnos ene el mundo vivo de las Hoces con su flora y su fauna, con sus gentes, que son escasas, y su oficios ( pastoreo, cantería, huerta…) , así como en sus ritos y fiestas.
Otra parte de la gente, la que se mueve por avalancha, acudirá sin duda empujada por la moda. Porque también la naturaleza se ha convertido en moda y es ahora objeto no tanto de disfrute como de acoso masivo y de mercadeo. Por fortuna, desde que las hoces del río Duratón fueron declaradas parque natural, se encuentran sujetas a protección, confiemos que la guardería se baste para poner coto a posibles abusos. En cualquier caso libros como este nos enseñan a reconocernos en el paisaje y nos ayudan a corregir esa tendencia mostrenca que ocasionalmente muestra el hombre hacia la naturaleza.
Ignacio Sanz 

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